La almendra

Por Elena F.

 

seeds-700044_960_720Había una vez una almendra que vivía en un pueblo muy grande. Allí había un colegio al que asistía. Al principio, todo marchaba fenomenal, tenía amigos muy buenos y  disfrutaba aprendiendo en las clases.

Un día su madre le dijo que se tenían que mudar a Madrid capital, ya que le había salido un buen trabajo en la ciudad, pero se debían trasladar justo antes de que se acabase el curso. La almendra se entristeció, no le gustaba nada el hecho de tener que cambiar.

Con todo preparado, las maletas, las cajas y lo más valioso de la casa, se cargó el camión. Así se despidieron de todas aquellas personas que habían formado parte de todo lo que llevaban en el pueblo.

Se fueron, ya no había marcha atrás, era hora de cambiar de vida, de colegio y de todo. La almendra no quería. Se sentía enfadada, triste y decepcionada.

El primer día de colegio, no supo qué hacer, cómo actuar en esos momentos. Nunca había pasado por algo así. Veía que los chicos la miraban con cara extraña. ¿Habría hecho algo malo? Nadie le hablaba, la ignoraban. Se sentía tan desplazada por todo el mundo, que comenzó a hacer lo que nunca antes, respondía con agresividad y saltaba a la defensiva muy rápidamente. Su madre no entendía lo que estaba pasando, pensaba que eran cosas de la edad y que pronto se pasarían, pero no fue así.

basketball-157925_960_720.pngAl cabo de un tiempo, doña Almendra, la madre, apuntó a su hija a unas clases de baloncesto, para ver si de esta manera hacia amigos. El primer día estuvo muy torpe con el balón. Aunque le gustaba este deporte, casi nunca lo había practicado en serio. Sus compañeros de equipo intentaban que hablase y le explicaban algunos trucos para mejorar la técnica. Sin conocerla de nada la hicieron sentir como una más del equipo. La almendra se fue abriendo para que la conociesen mejor. Así fueron descubriendo sus debilidades pero también sus fortalezas. De esta manera, la almendra se dio cuenta de que no es sano juzgar sin conocer a las personas, pero también de lo importante que es no responder con agresividad a nadie.

El cacahuete

Por José Luis B.

monkey-1187335_960_720En algunas zonas de África se cazaban los monos atando bien fuerte al árbol una bolsa de piel. Ponían en su interior cacahuetes, la comida preferida del mono. En la bolsa había un agujero de tamaño tal que por él podía pasar justamente la mano del mono; pero, una vez llena, cerraba el puño y ya no podía sacarla de la bolsa de cuero.

¡Pobre mono! Cuando veía que no podía sacar el puño lleno de cacahuetes por el pequeño agujero… se ponía furioso, chillaba e intentaba huir. Todo era inútil.

Por muchos esfuerzos que hiciera, no podía sacar la mano de la bolsa. Entonces, en ese momento, el cazador salía del escondrijo y capturaba al mono asestándole un golpe seco en el codo. El mono, así, abría la mano y soltaba los cacahuetes.

Así de fácil­: si el animalillo hubiese abierto antes la mano,  podría haber escapado, pero el deseo de tener en sus manos esos cacahuetes le hizo ser capturado.

La granada

Por Laura Z.

pomegranate-66538_960_720Eran las nueve de la mañana y Abril se levantó para prepararse su café e irse a comprar a la frutería. Quería plátanos, naranjas y granadas con el fin de hacer una macedonia, ya que tenía la visita de sus padres para comer. Primero, cogió las naranjas y los plátanos; después las granadas. En la caja en donde estaban, se veían todas con un color y una forma extraordinaria, muy llamativa… sin embargo una se veía con un color ennegrecido. Era deforme, por lo que nadie la cogía, ni siquiera cuando quedaban muy pocas.

Abril decidió coger tres, las que más colorido tenían, dejando a un lado la otra que no lucía con buena pinta. La granada triste y deprimida, pensaba que ya no valía para nada y que tarde o temprano la tirarían a la basura o acabaría en un contenedor. Esta se preguntaba por qué no la compraba nadie, si aun teniendo mal color y forma, estaba igual de rica que las demás.

El tendero supervisó su puesto para ver si todo estaba bien colocado y si los productos se presentaban en buenas condiciones.

Al pasar por la zona de las granadas, vio que una no estaba lo suficientemente bien como para venderla y en vez de tirarla a la basura, decidió abrirla y comprobar si estaba medianamente bien como para comérsela él mismo. Tras abrirla, vio que la granada tenía un interior bonito y jugoso. Sin poderse resistir, la probó. Una explosión de sabor se produjo en su paladar.

La granada se puso contentísima al ver la expresión de la cara del tendero y al saber que no acabaría en un contenedor por su aspecto.