La nuez

Por Álvaro de Juana
Cuento: La nuez.

nutmeg-1089390_960_720En un cercano país de cuyo nombre quiero acordarme (Francia), había una tienda de frutos secos. Era la tienda más famosa y visitada de todo el lugar, personas del mundo entero venían a Francia solamente para visitar “La Gran Tienda De Frutos Secos”. Había todo tipo de frutos: castañas, cacahuetes, almendras, avellanas… pero la especialidad de la casa, era la nuez.

La nuez de “La Gran Tienda De Frutos Secos” era una maravilla, tenía un sabor especial, una textura inigualable como ningún otro fruto seco. La gente de todo el mundo venía sobretodo movida por comprobar si los buenos comentarios que decían sobre la nuez eran ciertos. Así, las personas se acercaban a la cesta de las nueces y gozaban de su sabor, pero también de su maravillosa apariencia y presentación (a veces se come por los ojos).

Un día, un cliente de la tienda llamado Dominique, fue a comprar unas nueces, pero cuando llegó a la tienda y se acercó a la cesta de las nueces solamente quedaba una. Esta era muy fea y tenía un color verdoso y extraño. A Dominique no le sentó nada bien, decidió pedir la hoja de reclamaciones y llamar a un catador de frutos secos para que viera el desastre de producto que estaba a punto de vender la tienda.

Al día siguiente el catador de frutos secos llegó a Francia y se dirigió a la tienda. Era el catador más estricto y sofisticado del mundo entero. Al entrar en el local, Dominique le explicó cuál era el problema y el catador exigió ver “la nuez defectuosa”. El tendero, con un tembleque en las manos y asustado por si le cerraban la tienda, le dio la nuez defectuosa. El catador la examinó extrañado, la volvió a mirar y, sin pensárselo dos veces, se la comió.

Dominique y el tendero le observaban pestañear, esperando una respuesta. El catador poco a poco empezó a soltar una sonrisa de oreja a oreja hasta romper en una profunda carcajada. Perplejos, observaban su descontrolada risa. Dominique se atrevió a preguntar al catador el motivo de su acción.

El catador le respondió que este fruto al que ellos llamaban nuez era en realidad una aceituna gigante, otra especie de fruto seco, ¡Estaba deliciosa! Al tendero se le debió colar en la cesta de las nueces una aceituna.

Al día siguiente todo el mundo que iba a la tienda aprendió la lección: no juzgues nada por su aspecto.

El origen de la cebra

Por Eva S.

origami-842024_960_720.pngUn animal blanco como la nieve paseaba por la sabana. Su pelaje deslumbraba a todo aquel que se encontraba en su camino. La mayoría de las alimañas lo identificaban con un caballo, aunque él creía que aquellos corceles tan lejanos no se le parecían en nada.                                                                                

En su búsqueda de aceptación,  decidió irse de viaje. Caminó por desiertos, bosques, manglares…  hasta que sus delgadas piernas no pudieron más. Vencido por el cansancio, se tumbó a la orilla del mar. Al poco tiempo apareció nadando un calamar curioso. Viendo a aquel ejemplar tan bello a punto de desfallecer, sintió pena y se le ocurrió proponerle un trato:

-Oiga… Usted, sí usted, el de la blanca crin. Le ofrezco comida y agua a cambio de dos minucias.

El insólito animal, hambriento y sediento a partes iguales, aceptó los peces y el agua sin atender a las consecuencias. Tras haber saciado su panza, el calamar prosiguió con el trato:

-A cambio, no volverás a alimentarte del mar, ni de ningún otro animal. Los peces se sacrificaron para ayudarte, por lo que tú te sacrificarás no comiéndolos.

animals-102483_960_720A partir de ese momento aquel extraño espécimen no volvió a comer otros animales en su vida. 

El calamar volvió a alzar la voz: -¿me dejas tocar tu piel?

El animal se acercó lentamente al calamar. Entonces, éste acarició con sus tentáculos su impoluta piel, grabando unas marcas de tinta negra por todo su cuerpo. Desde entonces, a este animal le llamaron Cebra. Ella, agradecida, cumplió también su parte del trato y nunca más volvió a comer carne, se convirtió en herbívoro.

 

La almendra

Por Elena F.

 

seeds-700044_960_720Había una vez una almendra que vivía en un pueblo muy grande. Allí había un colegio al que asistía. Al principio, todo marchaba fenomenal, tenía amigos muy buenos y  disfrutaba aprendiendo en las clases.

Un día su madre le dijo que se tenían que mudar a Madrid capital, ya que le había salido un buen trabajo en la ciudad, pero se debían trasladar justo antes de que se acabase el curso. La almendra se entristeció, no le gustaba nada el hecho de tener que cambiar.

Con todo preparado, las maletas, las cajas y lo más valioso de la casa, se cargó el camión. Así se despidieron de todas aquellas personas que habían formado parte de todo lo que llevaban en el pueblo.

Se fueron, ya no había marcha atrás, era hora de cambiar de vida, de colegio y de todo. La almendra no quería. Se sentía enfadada, triste y decepcionada.

El primer día de colegio, no supo qué hacer, cómo actuar en esos momentos. Nunca había pasado por algo así. Veía que los chicos la miraban con cara extraña. ¿Habría hecho algo malo? Nadie le hablaba, la ignoraban. Se sentía tan desplazada por todo el mundo, que comenzó a hacer lo que nunca antes, respondía con agresividad y saltaba a la defensiva muy rápidamente. Su madre no entendía lo que estaba pasando, pensaba que eran cosas de la edad y que pronto se pasarían, pero no fue así.

basketball-157925_960_720.pngAl cabo de un tiempo, doña Almendra, la madre, apuntó a su hija a unas clases de baloncesto, para ver si de esta manera hacia amigos. El primer día estuvo muy torpe con el balón. Aunque le gustaba este deporte, casi nunca lo había practicado en serio. Sus compañeros de equipo intentaban que hablase y le explicaban algunos trucos para mejorar la técnica. Sin conocerla de nada la hicieron sentir como una más del equipo. La almendra se fue abriendo para que la conociesen mejor. Así fueron descubriendo sus debilidades pero también sus fortalezas. De esta manera, la almendra se dio cuenta de que no es sano juzgar sin conocer a las personas, pero también de lo importante que es no responder con agresividad a nadie.

El cacahuete

Por José Luis B.

monkey-1187335_960_720En algunas zonas de África se cazaban los monos atando bien fuerte al árbol una bolsa de piel. Ponían en su interior cacahuetes, la comida preferida del mono. En la bolsa había un agujero de tamaño tal que por él podía pasar justamente la mano del mono; pero, una vez llena, cerraba el puño y ya no podía sacarla de la bolsa de cuero.

¡Pobre mono! Cuando veía que no podía sacar el puño lleno de cacahuetes por el pequeño agujero… se ponía furioso, chillaba e intentaba huir. Todo era inútil.

Por muchos esfuerzos que hiciera, no podía sacar la mano de la bolsa. Entonces, en ese momento, el cazador salía del escondrijo y capturaba al mono asestándole un golpe seco en el codo. El mono, así, abría la mano y soltaba los cacahuetes.

Así de fácil­: si el animalillo hubiese abierto antes la mano,  podría haber escapado, pero el deseo de tener en sus manos esos cacahuetes le hizo ser capturado.