El origen de la pirámides

Por J. A.

En el antiguo Egipto, un niño llamado Tutancamon I, no era un joven cualquiera sino que se trataba del mismísimo rey de Egipto. Un día se le ocurrió la idea de cambiar el ritual de momificación. Se trataba de una tumba gigante protectora del sarcófago que mantendría aislado el cuerpo de los reyes. Por desgracia, Tutancamon murió con tan solo 36 años sin poder hacer realidad su idea. Al cabo de 3 años, cuando su hijo Sucapriat I reinó, retomó la idea de su padre. Aun teniendo la ayuda de 60.000 esclavos no lograron ni poner una piedra. Un día después de que los esclavos fracasaran, cayeron de los cielos O.V.N.I.S., algunos decían que los dioses les habían castigado, otros que se les venía la bóveda celeste encima pero la realidad es que ignoraban que dentro de los mismos platillos voladores había extraterrestres. El rey Sucapriat I consiguió después de 2 años de negociaciones con los alienígenas que les ayudaran a hacer realidad el sueño de su padre. Los marcianos le pusieron el nombre de Pirámides a sus creaciones. Casi después de 200.000 años los alienígenas volvieron con todo el armamento para recuperar lo que era suyo. Después de una larga guerra de 6 años, 6 meses y 6 días, los alienígenas consiguieron exterminar la raza egipcia y para sorpresa de todos solo se llevaron una pirámide.


Pinchos y las Petunias

Trata a los demás como quieres ser tratado.

Por A. L.

Había una vez un vivero llamado “el Vivero de las Petunias”, famoso porque vendía unas flores preciosas. Además, cultivaban árboles, arbustos y matorrales, pero la especialidad eran las petunias.

Un día, llegó para quedarse Pinchos, un joven cactus al que colocaron justo al lado de las petunias. Éstas siempre se consideraban las más bellas del lugar, por lo que se burlaban de las demás plantas, pero sobre todo la tomaron con Pinchos, el único cactus del vivero: que si Pinchos es peligroso, que si Pinchos no se mueve con el aire, que si Pinchos pincha, que si Pinchos es un cardo… Así, hasta que Pinchos se hartó tanto que llegó a pensar que era más feliz en la soledad del desierto que con con la compañía de aquel vergel. Pinchos ya no quería ni que le regaran. Pensaba que así se marchitaría y le cambiaran de lugar, pero por mucho que lo anhelara, sus deseos no se hacían realidad. Aquellos insultos le estaban abrasando más que el sol del desierto.

Pinchos

Un día, los dueños del vivero decidieron irse de vacaciones y, como nos puede pasar a cualquiera, entre unas cosas y otras, olvidaron poner el riego automático. Pasaron los días y las petunias, plantas débiles, comenzaron pronto a marchitarse. Sus hojas no solo perdían el color sino que también se despegaban del tallo en cuanto soplaba un poco de aíre. Casi sin fuerza, imploraban a Pinchos: “por favor, danos un poco del agua que te sobra”, o “por favor, perdónanos por haberte tratado tan mal”.

Pinchos las perdonó, por lo que fueron capaces de sobrevivir. Desde aquel momento no volvieron a burlarse ni de Pinchos ni de ninguna otra planta del vivero, pues aprendieron que siempre hay que tratar a los demás como nosotros queremos ser tratados. 

Dientes de Sable

Las situaciones difíciles nos retan, pudiendo sacar lo mejor o lo peor de uno mismo.

Por Á.S.

Había una vez un prehistórico niño llamado Álex que mantenía siempre la misma rutina: se levantaba, se iba a cazar, dormía la siesta, tallaba alguna de sus armas de piedra y dormía de nuevo. Un día, mientras tallaba sus armas de piedra caliza, el suelo empezó a temblar al mismo tiempo que el techo se desmoronaba poco a poco. Álex intentó huir, pero al salir de la cueva, le dio un golpe de calor y se desmayó.

Cuando despertó, estaba en un lugar distinto, era una cavidad desconocida, y habitada por cinco osos. El pequeño, aterrorizado, gritó, pues pensaba que él mismo se convertiría en la suculenta cena de los omnívoros. Para su sorpresa, Papá Oso exclamó:

-“No temas, chico. Todos piensan que somos temibles, pero no es cierto. ¿Quién te crees que te ha rescatado?”. -Tras él, continuó hablando Mamá Oso:

-Cuentan los demás animales que han visto a Dientes de Sable merodeando por la zona. El felino lleva dos meses sin pegar bocado. Si no fuera por nosotros, a estas alturas serías pasto de sus fauces”.

Apenas había terminado de hablar cuando se escuchó un profundo rugido.

-¡Oh no! Parece que Dientes de Sable se aproxima. -dijo Abuela Oso mientras Osezno se escondía detrás de una roca en la cueva.

-¿Dónde está Abuelo Oso?-balbuceó asustado Osezno al mimo tiempo que fue interrumpido por Dientes de Sable:

-¡Grrrrrrrrrrrrrrrr! ¿Habláis de mi cena?-rugió dando un estruendo el salvaje felino… -porque en cinco segundos pegaré mi primer bocado… -y continuó contando: -uno, dos…¡grrrrrrrrrrrrrrr, ahhhhhh!-rugió retorciéndose dolorido al ser traspasado por una de las piedras con punta que Álex había tallado.

-¡Corred! ¡Tenemos poco tiempo, no tardará en despertarse!-Gritó el valiente Álex. Juntos, la familia plantígrada y Álex huyeron hasta refugiarse en un lugar secreto difícil de encontrar.

En medio de una situación tan conflictiva, Álex descubrió que realmente no era un cobarde, pues no solo aprendió a convivir con los osos sino que además plantó cara a una de las alimañas más temidas de la zona.

Moraleja: las situaciones difíciles nos retan, pudiendo sacar lo mejor o lo peor de uno mismo.

A.S.

Dientes de Sable

La nuez

Por Álvaro de Juana
Cuento: La nuez.

nutmeg-1089390_960_720En un cercano país de cuyo nombre quiero acordarme (Francia), había una tienda de frutos secos. Era la tienda más famosa y visitada de todo el lugar, personas del mundo entero venían a Francia solamente para visitar “La Gran Tienda De Frutos Secos”. Había todo tipo de frutos: castañas, cacahuetes, almendras, avellanas… pero la especialidad de la casa, era la nuez.

La nuez de “La Gran Tienda De Frutos Secos” era una maravilla, tenía un sabor especial, una textura inigualable como ningún otro fruto seco. La gente de todo el mundo venía sobretodo movida por comprobar si los buenos comentarios que decían sobre la nuez eran ciertos. Así, las personas se acercaban a la cesta de las nueces y gozaban de su sabor, pero también de su maravillosa apariencia y presentación (a veces se come por los ojos).

Un día, un cliente de la tienda llamado Dominique, fue a comprar unas nueces, pero cuando llegó a la tienda y se acercó a la cesta de las nueces solamente quedaba una. Esta era muy fea y tenía un color verdoso y extraño. A Dominique no le sentó nada bien, decidió pedir la hoja de reclamaciones y llamar a un catador de frutos secos para que viera el desastre de producto que estaba a punto de vender la tienda.

Al día siguiente el catador de frutos secos llegó a Francia y se dirigió a la tienda. Era el catador más estricto y sofisticado del mundo entero. Al entrar en el local, Dominique le explicó cuál era el problema y el catador exigió ver “la nuez defectuosa”. El tendero, con un tembleque en las manos y asustado por si le cerraban la tienda, le dio la nuez defectuosa. El catador la examinó extrañado, la volvió a mirar y, sin pensárselo dos veces, se la comió.

Dominique y el tendero le observaban pestañear, esperando una respuesta. El catador poco a poco empezó a soltar una sonrisa de oreja a oreja hasta romper en una profunda carcajada. Perplejos, observaban su descontrolada risa. Dominique se atrevió a preguntar al catador el motivo de su acción.

El catador le respondió que este fruto al que ellos llamaban nuez era en realidad una aceituna gigante, otra especie de fruto seco, ¡Estaba deliciosa! Al tendero se le debió colar en la cesta de las nueces una aceituna.

Al día siguiente todo el mundo que iba a la tienda aprendió la lección: no juzgues nada por su aspecto.

El origen de la cebra

Por Eva S.

origami-842024_960_720.pngUn animal blanco como la nieve paseaba por la sabana. Su pelaje deslumbraba a todo aquel que se encontraba en su camino. La mayoría de las alimañas lo identificaban con un caballo, aunque él creía que aquellos corceles tan lejanos no se le parecían en nada.                                                                                

En su búsqueda de aceptación,  decidió irse de viaje. Caminó por desiertos, bosques, manglares…  hasta que sus delgadas piernas no pudieron más. Vencido por el cansancio, se tumbó a la orilla del mar. Al poco tiempo apareció nadando un calamar curioso. Viendo a aquel ejemplar tan bello a punto de desfallecer, sintió pena y se le ocurrió proponerle un trato:

-Oiga… Usted, sí usted, el de la blanca crin. Le ofrezco comida y agua a cambio de dos minucias.

El insólito animal, hambriento y sediento a partes iguales, aceptó los peces y el agua sin atender a las consecuencias. Tras haber saciado su panza, el calamar prosiguió con el trato:

-A cambio, no volverás a alimentarte del mar, ni de ningún otro animal. Los peces se sacrificaron para ayudarte, por lo que tú te sacrificarás no comiéndolos.

animals-102483_960_720A partir de ese momento aquel extraño espécimen no volvió a comer otros animales en su vida. 

El calamar volvió a alzar la voz: -¿me dejas tocar tu piel?

El animal se acercó lentamente al calamar. Entonces, éste acarició con sus tentáculos su impoluta piel, grabando unas marcas de tinta negra por todo su cuerpo. Desde entonces, a este animal le llamaron Cebra. Ella, agradecida, cumplió también su parte del trato y nunca más volvió a comer carne, se convirtió en herbívoro.

 

La almendra

Por Elena F.

 

seeds-700044_960_720Había una vez una almendra que vivía en un pueblo muy grande. Allí había un colegio al que asistía. Al principio, todo marchaba fenomenal, tenía amigos muy buenos y  disfrutaba aprendiendo en las clases.

Un día su madre le dijo que se tenían que mudar a Madrid capital, ya que le había salido un buen trabajo en la ciudad, pero se debían trasladar justo antes de que se acabase el curso. La almendra se entristeció, no le gustaba nada el hecho de tener que cambiar.

Con todo preparado, las maletas, las cajas y lo más valioso de la casa, se cargó el camión. Así se despidieron de todas aquellas personas que habían formado parte de todo lo que llevaban en el pueblo.

Se fueron, ya no había marcha atrás, era hora de cambiar de vida, de colegio y de todo. La almendra no quería. Se sentía enfadada, triste y decepcionada.

El primer día de colegio, no supo qué hacer, cómo actuar en esos momentos. Nunca había pasado por algo así. Veía que los chicos la miraban con cara extraña. ¿Habría hecho algo malo? Nadie le hablaba, la ignoraban. Se sentía tan desplazada por todo el mundo, que comenzó a hacer lo que nunca antes, respondía con agresividad y saltaba a la defensiva muy rápidamente. Su madre no entendía lo que estaba pasando, pensaba que eran cosas de la edad y que pronto se pasarían, pero no fue así.

basketball-157925_960_720.pngAl cabo de un tiempo, doña Almendra, la madre, apuntó a su hija a unas clases de baloncesto, para ver si de esta manera hacia amigos. El primer día estuvo muy torpe con el balón. Aunque le gustaba este deporte, casi nunca lo había practicado en serio. Sus compañeros de equipo intentaban que hablase y le explicaban algunos trucos para mejorar la técnica. Sin conocerla de nada la hicieron sentir como una más del equipo. La almendra se fue abriendo para que la conociesen mejor. Así fueron descubriendo sus debilidades pero también sus fortalezas. De esta manera, la almendra se dio cuenta de que no es sano juzgar sin conocer a las personas, pero también de lo importante que es no responder con agresividad a nadie.

El cacahuete

Por José Luis B.

monkey-1187335_960_720En algunas zonas de África se cazaban los monos atando bien fuerte al árbol una bolsa de piel. Ponían en su interior cacahuetes, la comida preferida del mono. En la bolsa había un agujero de tamaño tal que por él podía pasar justamente la mano del mono; pero, una vez llena, cerraba el puño y ya no podía sacarla de la bolsa de cuero.

¡Pobre mono! Cuando veía que no podía sacar el puño lleno de cacahuetes por el pequeño agujero… se ponía furioso, chillaba e intentaba huir. Todo era inútil.

Por muchos esfuerzos que hiciera, no podía sacar la mano de la bolsa. Entonces, en ese momento, el cazador salía del escondrijo y capturaba al mono asestándole un golpe seco en el codo. El mono, así, abría la mano y soltaba los cacahuetes.

Así de fácil­: si el animalillo hubiese abierto antes la mano,  podría haber escapado, pero el deseo de tener en sus manos esos cacahuetes le hizo ser capturado.